La vacunación contra el VPH y los programas de cribado temprano siguen siendo las herramientas más eficaces para reducir la incidencia y aumentar la supervivencia.
El cáncer de cuello uterino, también conocido como cáncer de cérvix, es una enfermedad prevenible y detectable en fases tempranas si se aplican correctamente las estrategias de salud pública disponibles. A nivel mundial se registran más de 500,000 nuevos casos cada año, aunque en países como España su incidencia es menor, con unos 2,300 diagnósticos estimados en 2025, según datos de la Sociedad Española de Oncología Médica.
La principal causa de este tipo de cáncer es el virus del papiloma humano (VPH), presente en alrededor del 98 % de los casos. Por esta razón, iniciativas como la Semana Europea de Prevención del Cáncer de Cuello Uterino cobran especial relevancia para reforzar la importancia del diagnóstico precoz.
El ginecólogo Enrique Chacón, especialista de la Clínica Universidad de Navarra, explicó que tener VPH no implica necesariamente desarrollar cáncer. “El problema no es contraer el virus, sino que persistan genotipos de alto riesgo, que pueden evolucionar a lesiones precancerosas y, si no se detectan, a cáncer”, señaló en declaraciones a CuídatePlus.
Según el especialista, la prevención del cáncer de cérvix se aborda actualmente en dos niveles fundamentales. La prevención primaria, centrada en la vacunación contra el VPH, la educación sexual y hábitos de salud; y la prevención secundaria, basada en el cribado, que permite identificar infecciones de riesgo y lesiones antes de que progresen.
El diagnóstico temprano marca una diferencia significativa en la supervivencia. Datos del estudio europeo SUCCOR indican que la supervivencia a cinco años alcanza el 97 % en estadios iniciales, pero disminuye notablemente cuando la enfermedad se detecta en fases avanzadas.
En cuanto a las pruebas de cribado, existen dos herramientas principales. La citología en medio líquido, que analiza células del cuello uterino, y la prueba de VPH de alto riesgo, considerada hoy la base de un modelo de detección más sensible y adaptado al nivel de riesgo de cada paciente.
Las guías de la Asociación Española de Patología Cervical y Colposcopia recomiendan iniciar el cribado a los 25 años. Entre los 25 y 29 años se aconseja citología cada tres años si el resultado es negativo. A partir de los 30, los intervalos se amplían a tres años para citología y cinco años para la prueba de VPH, finalizando alrededor de los 65 años.
La vacunación contra el VPH se mantiene como la estrategia más eficaz para prevenir este cáncer. En España, se administra de forma sistemática a niñas de 11 a 14 años, y desde el curso 2023-2024 también a niños de 12 años, dado que los hombres pueden transmitir el virus y desarrollar otros cánceres asociados, como el de orofaringe.
En adultos, la vacuna sigue siendo útil, aunque su función es preventiva y no terapéutica. Es decir, protege frente a tipos de VPH no adquiridos previamente, con especial indicación en determinados grupos de riesgo y en mujeres tratadas por lesiones precancerosas de alto grado.
Pese a los avances, persisten barreras que dificultan la participación en los programas de cribado. Chacón señala que suelen ser logísticas y emocionales, como la falta de tiempo, el miedo a la exploración, la baja percepción de riesgo o factores culturales y religiosos.
Ante este panorama, los especialistas insisten en la necesidad de pasar de un cribado ocasional a programas organizados, con invitaciones activas y recordatorios. Como novedad, se ha incorporado la autotoma vaginal, una alternativa que busca facilitar el acceso y aumentar la participación de mujeres que no acuden a los controles tradicionales.
La combinación de información, vacunación y detección precoz continúa siendo la clave para reducir de forma significativa el impacto del cáncer de cérvix y salvar vidas.
