La mayoría de los grupos poderosos de Haití no quieren un país en paz, porque lo que les garantiza su propósito de ganar millones de dólares es el desorden. Y si logran que un día la mayoría de haitianos abandone su tierra, para migrar a la República Dominicana u otras naciones, como está ocurriendo, entonces ellos se quedarán con las pequeñas propiedades que dejan.
Las bandas exhiben poderosas armas, entre ellas, fusiles automáticos. Haití no parece contar con un líder político o militar que represente los intereses de la mayoría y aplasten a los delincuentes visibles. Está claro que las grandes potencias que tienen compromisos con Haití, dejaron a ese país a su merced y ellos, los extranjeros, van a ganar en las áreas que es de su interés, aunque faltan otras cosas por conocerse, mucho más conflictivas.
En el caso de la República Dominicana, hace algún tiempo planteamos que lo correcto sería colocar nuestra Bandera en el Palacio del vecino país, que antes fue presidencial.
Hay sectores que se oponen a este planteamiento, pero ignoran que de continuar el descontrol de las llegadas continuas de millones de haitianos a nuestra nación, el control dejará de existir. O, mejor dicho, el poco control que hay. Los haitianos vienen a nuestro territorio huyendo de la miseria y la violencia. Para ellos, la República Dominicana es un manjar.
En Haití se realizan elecciones, pero los perdedores no reconocen sus derrotas en los diferentes escenarios, cuando los derrotados provienen de los grupos mafiosos. El mejor ejemplo es del asesinado Presidente Moïse, que lo obligaron a hacer un acuerdo para que convocara a elecciones antes de cumplirse su mandato.
Como el mandatario decidió no cumplirlo, porque eso viola su Constitución, entre otros graves problemas, lo mataron. Hay que recordarles a los dominicanos que el asesinato del Presidente de Haití, también tuvo que ver con la exigencia de sectores que estaban canalizando el Río Masacre, en perjuicio de nuestra nación, donde nace y muere ese importante caudal.
Parece que esos sectores no encontraron suficiente apoyo del Presidente Moïse en ese proyecto y lo unieron a otros propósitos para asesinarlo.
Con toda la oposición que pueda haber, pensamos que un día la República Dominicana tendrá que ser la administradora de Haití. Y la mayoría de haitianos, si eso les lleva la tranquilidad, apoyará la acción.
Designando un administrador general, civil o militar, nombrando en cada zona de Haití a un general o un coronel de esos respetables que hay en las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, unidos a escogidos soldados haitianos, de los diferentes niveles, es posible que el orden retorne a ese empobrecido país.
Sellar la frontera y sólo dejar las puertas oficiales, como Aduanas o Migración, para el control de personas debidamente documentadas, sería parte de ese proyecto. Y los delincuentes, si no cambian, a las cárceles.
Comenzar un proceso de reforestación con frutales y maderables a nivel nacional, extrayendo agua del subsuelo, también para el consumo humano o de los animales, sería una parte del proyecto.
También, el desarrollo de un plan nacional de fomento de la agropecuaria para ir garantizando la alimentación. Y, mientras eso se pueda lograr, aumentar las ferias comerciales en el mismo territorio haitiano, para suplir alimentos y otras necesidades. Haití, sin temor a equivocarnos, lo que quiere es paz, primero, y luego el comercio en sus diferentes dimensiones.
Aumentar el número de escuelas, centros deportivos, contando con el béisbol para lograr la firma de muchos jóvenes, más hospitales, poniendo en ejecución las medidas que sean necesarias a favor del desarrollo económico, social o político de ese país, incluyendo unas Fuerzas Armadas respetables, pero con orden y disciplina, sería del agrado de la totalidad de haitianos.
Si esas cosas se ponen en práctica, muy pocos haitianos se interesaría por viajar a República Dominicana. Lo hacen en la actualidad, en masas, porque en Haití hace falta todo, menos el vandalismo.
Los problemas de Haití no se solucionan hablando mucho, sino contribuyendo con la solución, sin importar qué método se aplique. Reforestando el país y luego protegiéndolo de los depredadores, unido a un proceso de educación, que debería comenzar en las escuelas, cuando la nación solucione ese otro problema.
Y, para tener control de la delincuencia en Haití, la transformación del Estado deberá incluir un buen sistema de Justicia, que incluya cárceles seguras. Aunque en nuestro país también hay delincuencia, jamás podrá hacerse una comparación entre una u otra nación.
Para desarrollar ese proyecto, el Presidente de la República Dominicana, en el período que fuese a ocurrir, si se contempla, tendría que contar con un sable de mando. La mayoría de dominicanos está de acuerdo con esta postura. Es que el terror que reina en el Haití, les está dando buenos resultados a los delincuentes y sus patrocinadores, pero llevando a los cementerios a millares de haitianos abatidos por las balas o el hambre.
Por Luis Céspedes Peña
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