La sexta edición celebró la identidad ocoeña entre música, tradición, gastronomía y expresiones culturales que buscan preservar las raíces de San José de Ocoa
Por Luis González Fabra
En su sexta edición, el Festival del Sombrero y la Maraca Ocoeña demostró que es posible crecer cada año, incorporando nuevas expresiones a una celebración que rescata tradiciones, despierta sentimientos y fortalece ese vínculo entrañable que llamamos ocoeñismo.
La convocatoria reunió a miles de personas alrededor de una animada programación musical, desfiles de damas con vestimentas antiguas, jóvenes representando la modernidad, estatuas humanas y una variada oferta gastronómica, presentada con esmero y buen gusto.
Numerosas damas lucieron vistosos vestidos de cretona, confeccionados en telas multicolores y acompañados de elegantes sombreros que evocaban las primeras décadas del siglo pasado. Era como contemplar una página de nuestra historia convertida en espectáculo.
Todo ocurrió en un escenario privilegiado: los pinares de COROAR Villas, en Tatón, a unos 2,800 pies de altura, donde la neblina, la llovizna y, finalmente, la lluvia aportaron un encanto especial a aquella fiesta de historia, música, elegancia y tradición.
Hasta aquí pudiera parecer la crónica de una actividad social. Sin embargo, el festival encierra un significado mucho más profundo. En sus expresiones artísticas y populares encontramos un mensaje dirigido a nuestra nación: la necesidad de preservar nuestra identidad cultural frente a las influencias que, en un mundo globalizado, amenazan con diluir las tradiciones que nos distinguen.
Somos herederos de una extraordinaria mezcla de raíces taínas, españolas y africanas que, con el transcurrir de los siglos, conformaron nuestra manera particular de hablar, cantar, bailar, celebrar y entender la vida.
La cultura dominicana no nació ayer. Es el resultado de generaciones que fueron construyendo, muchas veces sin proponérselo, una identidad colectiva que debemos conservar y transmitir.
La maraca ocoeña constituye un ejemplo admirable de esa creatividad popular. A diferencia de la tradicional maraca de higüero, este instrumento nació del ingenio campesino de la comunidad de El Canal. Consiste en un cilindro de madera cerrado en ambos extremos, con pequeñas bolitas en su interior, clavos y un palito que atraviesa su estructura. Su sonido, combinado con la güira, produce una sonoridad singular.
Según recoge la profesora Fanny Santana en un trabajo publicado en 2022, se cree que este instrumento surgió vinculado al llamado baile del gabiao, cuando en comunidades como El Naranjal y El Canal se amenizaban las fiestas con guitarra, tres y güira.
Esa tradición, rescatada del recuerdo campesino, encuentra hoy una nueva oportunidad para permanecer viva.
Al festival acudieron ocoeños residentes en distintas provincias, visitantes de Azua, Barahona y Santo Domingo, así como compatriotas establecidos en Estados Unidos que regresaron para reencontrarse con sus raíces.
Detrás de esta celebración está la perseverancia de una gestora cultural extraordinaria, Betty Pimentel, quien, rompiendo corozos y venciendo dificultades, ha logrado mantener y engrandecer esta iniciativa.
Lo ha conseguido sin el respaldo del Ministerio de Cultura, pero con la colaboración de empresarios gastronómicos locales, alcaldes y autoridades municipales que, aun disponiendo de recursos limitados, realizan sus aportes.
Organizar semejante acontecimiento requiere meses de trabajo, sacrificios y preocupaciones. Sin embargo, todo esfuerzo encuentra recompensa cuando miles de personas disfrutan orgullosamente de sus tradiciones.
El Festival del Sombrero y la Maraca Ocoeña merece reconocimiento y apoyo institucional. No es solamente una fiesta: es una escuela de identidad, una celebración de nuestras raíces y una demostración de que los pueblos también construyen su futuro conservando su memoria.
Un pueblo que olvida sus tradiciones termina perdiendo algo mucho más valioso que sus recuerdos: pierde una parte de su alma.
