Puede que los ceremoniales de apertura y cierre de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe, constituyan —evaluados como una unidad— el espectáculo artístico más importante producido en el país en lo que va de año
José Rafael Sosa
SANTO DOMINGO. Lo acontecido en función de la cultura y el arte en este evento deportivo regional trasciende el medallero final, merece especial atención y destaca por su trascendencia como una de las más altas expresiones del arte y la cultura dominicanos.
Han pasado el tiempo de los actos de apertura y clausura de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, por lo cual resulta propicio reflexionar sobre lo que significaron como evento artístico, para evitar que este acontecimiento quede sepultado por las tendencias del consumo inmediato y el conocido efecto de que una noticia mata a la siguiente.

La apertura dijo: «Esto somos». La clausura respondió: «Esto vivimos juntos».
Los Juegos Santo Domingo 2026 no utilizaron el espectáculo únicamente como entretenimiento: la Ceremonia Inaugural construyó una narrativa audiovisual de identidad. Por eso, no estamos solamente ante una ceremonia deportiva; estamos ante una producción de industria cultural de gran formato.
Puede que los ceremoniales de apertura y cierre de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe, montados respectivamente el 24 de julio y el 8 de agosto de 2026, constituyan —evaluados como una unidad— el espectáculo artístico más importante producido en el país en lo que va de año.

Ambos actos tuvieron características claramente definidas: La clausura tuvo un doble propósito: servir de celebración para los participantes y proyectarse como un gran espectáculo televisivo para el público general. El concepto de esos dos espectáculos fue estructurado como guion desde 2023 -2024 por su productor Alberto Zayas, quien mudó su oficina al Estadio Olímpico para entregarse a la labor cuyo resultado finalmente disfrutamos.
Se optó por una ceremonia presencial e íntima para la familia deportiva, los delegados, el Comité Organizador y las autoridades nacionales responsables de haber respaldado el evento.
Ese Comité Organizador, con José Monegro como presidente, trabajo casi tres años para lograr este evento, para lo cual contó con el respaldo material e institucional del gobierno, el Comité Olímpico Dominicano y una serie larga de colaboradores que arrimaron su esfuerzo, junto a la experiencia y respaldo del organismo regional Centro Caribean Sports, que lidera Luisín Mejia.

El acto de cierre, tuvo un valor especial para la colectividad. Su rasgo distintivo fue el de una fiesta dedicada a los verdaderos héroes de los Juegos: la familia deportiva.
Tanto la apertura como la clausura aportaron al acontecimiento deportivo una escala de alto formato en producción audiovisual mediante la danza popular y clásica, la música sinfónica, la interpretación coral, las artes visuales, la artesanía, la tecnología digital y el espectáculo masivo, concebidos como partes de una misma dramaturgia nacional.
El gran público siguió las incidencias a través de Televisión Pública RTVD, cuya transmisión —al ser el canal oficial de los Juegos— facilitó las emociones de cada jornada deportiva. La transmisión, de acuerdo con los sondeos de impacto, alcanzó en los momentos de mayor competencia hasta un 35 % de la teleaudiencia nacional total.
La dirección artística de las ceremonias estuvo a cargo del productor general y director de televisión Alberto Zayas, – desde su proyecto AZ Productions- con el maestro teatral Waddys Jáquez y Chiqui Haddad en la dirección artística, y Pablo Pérez en la dirección coreográfica general.
El arte en la apertura

La apertura, a la que asistieron 27 mil personas equipadas con luces LED programadas para iluminar el espacio, sirvió de escenario para la actuación de 900 bailarines (la mayor cantidad de danzantes reunidos en un solo evento en el país hasta el momento), 83 músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional, 45 integrantes del Coro Nacional Dominicano y 1,100 drones que proyectaron en el firmamento 32 imágenes en movimiento con símbolos patrios y expresiones de la cultura y el deporte.
Quienes lo presenciaron en el estadio, así como quienes lo vieron en la transmisión en vivo o por redes sociales (en especial por YouTube), no imaginaban la perfección artística que se alcanzaría; sobre todo al lograr una iluminación masiva coordinada con el soporte del público, que transformó las gradas del Estadio Olímpico Félix Sánchez en una pizarra lumínica en cuanto a colores y figuras.
El ceremonial contó con el maestro José Antonio Molina al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Nacional Dominicano, haciendo vibrar de orgullo a todos con la interpretación del Himno Nacional Dominicano. Este momento evocó la histórica participación del maestro Carlos Piantini (vestido de blanco) dirigiendo la OSN en la apertura de los XII Juegos Centroamericanos y del Caribe 1974 en este mismo recinto olímpico.
También participaron la Compañía Nacional de Danza Contemporánea (que interpretó el Himno Nacional en lengua de señas), diversos grupos folclóricos y elencos de academias de danza. Desde la perspectiva del talento participante, no se conoce de nada parecido en calidad y cantidad en el país en lo que va de año.
Las cifras e índices que involucró esta ceremonia son impresionantes: más de 300 personas en el equipo de producción, 2,000 técnicos en montaje, 900 bailarines, 83 músicos y 45 coristas. Además, un reporte de producción indica que para el vestuario se emplearon 4,850 yardas de tela, trabajadas por 123 modistas, sastres y artesanos. ¿Existe algún otro espectáculo artístico en el país que se asemeje a esto?
Como parte de la escenografía, se desplegaron imágenes de súper formato creadas por Angurria (el muralista y creador de arte visual público dominicano de mayor incidencia local e internacional).
La disposición física para las actuaciones contó con tres escenarios que las tomas aéreas mostraron en todo su colorido y diseño luminoso, cuyo concepto central se basó en el logotipo de los Juegos.
Entre los cantantes participantes en la apertura destacaron:
- Maridalia Hernández, quien interpretó «Soy Caribe» con la voz más nítida y elevada. Su actuación funcionó como uno de los grandes símbolos culturales de la ceremonia, al convertir la identidad caribeña en el mensaje de cierre del espectáculo inaugural. «Soy Caribe» se escenificó desde la Yola de la Esperanza, en una puesta que integró música, artes plásticas, danza y elementos marítimos, con la vocalista vistiendo un diseño de tejidos volantes en tonos caribeños, complementado por la ilustración monumental de Angurria.
- Manny Cruz, expresión novísima del merengue, interpretó «Dominicano soy 2026», bajo la producción musical de Antonio González y la coreografía de DNI Dancers Studio (Osvaldo Víctor), acompañado por Techy Fatule.
- Lápiz Consciente, quien aportó la cuota de rap y música urbana, cerrando el segmento de música popular, mientras que Lomiiel representó a la generación urbana más joven.
- El grupo Ilegales, con el tema «Corazón de fiesta» (autoría de Vladimir Dotel, producción musical de Antonio González y concepto visual basado en el videoclip dirigido por Alberto Zayas), impregnó de intensidad rítmica todo el ambiente.
Otro punto luminoso fue el segmento anglófono al ritmo de reggae, soca, calipso y dancehall, en el que actuaron Héctor Aníbal, Mark B, Vakeró, Maffio y la participación internacional de Ky-Mani Marley (hijo de Bob Marley), una de las grandes sorpresas de la noche. El segmento estuvo dirigido a las delegaciones de las Antillas de habla inglesa, generando un sentido de representación e inclusión sin precedentes.
En el plano deportivo, el momento más significativo de la apertura lo protagonizó Félix Sánchez con el encendido del pebetero, quien recibió la mayor ovación de la noche al realizar el último relevo de la antorcha y dar la vuelta completa a la pista. Ese instante representó la conversión de una leyenda deportiva en el personaje central de una auténtica dramaturgia nacional.
Ceremonia de clausura
Si la apertura de los Juegos se caracterizó por la espectacularidad de su despliegue, la clausura —celebrada en la noche del 8 de agosto— tuvo una condición distinta: la intimidad y el homenaje dedicado a los héroes de las jornadas. El acceso estuvo reservado a atletas, entrenadores, dirigentes, voluntarios, personal técnico, invitados y personal acreditado.
Fue el acto de estreno masivo del Palacio de los Deportes Virgilio Travieso Soto / Arena Banreservas, recinto remodelado por el Banco de Reservas a un costo de mil millones de pesos y con una capacidad instalada para 10,000 espectadores.
Banreservas figuró como el patrocinador principal del centenario de la competencia regional, encabezando un grupo de apoyo integrado por Claro Dominicana, Grupo Ramos / La Sirena, Barrick Pueblo Viejo, Sistema Coca-Cola / Bepensa, Amerirent e IMCA.
El Comité Organizador describió el recinto como abarrotado. Aunque la capacidad en gradas supera los 9,500 asientos, los deportistas y delegaciones ocuparon también el área del terreno, por lo que la asistencia total debió concentrar a más de 11,500 personas.
El momento cúlmine, solemne y emotivo del cierre llegó cuando Juan Luis Guerra interpretó «Canto a la Patria», acompañado por el Coro Cristiano Más que Vencedores. Su ejecución, sumada a la impecable dirección de cámaras y a la atmósfera creada, desató un paroxismo artístico y social que llenó de orgullo a la nación. Juan Luis Guerra no cobró honorarios por su actuación.
Esta interpretación de «Canto a la Patria» —composición producida en 2006 y estrenada en el Palacio Nacional, cuyos derechos de autor fueron donados por el artista al Estado dominicano— logró una identificación colectiva indestructible entre música, patria, deporte y memoria histórica.
En el tramo musical de la clausura, Manny Cruz volvió a representar la renovación del merengue en el segmento «Dominicano», compartiendo escenario con Techy Fatule, quien demostró una enorme ductilidad interpretativa, dominio vocal y fuerza escénica.
Finalmente, el grupo Ilegales asumió el cierre festivo repasando sus grandes éxitos y convirtiendo la Arena Banreservas en una gigantesca pista de baile donde miles de atletas y asistentes se levantaron para cantar y celebrar.
Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 emplearon dos lenguajes escénicos distintos para narrar una misma historia: la bienvenida al continente y la celebración de las emociones vividas. Para ello, la nación movilizó un espectro de talento y recursos sin precedentes.
Un legado que trasciende
Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 han demostrado que el deporte y el arte no son disciplinas aisladas, sino dos manifestaciones de un mismo espíritu colectivo.
Más allá de los récords alcanzados y las medallas colgadas al pecho, lo que verdaderamente se ha grabado en la memoria histórica del país es la reafirmación de nuestra identidad a través de una puesta en escena monumental, rigurosa y conmovedora.
Este hito no debe diluirse en la fugacidad de la memoria mediática. La República Dominicana ha demostrado su capacidad para concebir, producir y ejecutar espectáculos artísticos al más alto nivel internacional, proyectando la riqueza de nuestro folclore, nuestra música sinfónica, la danza, el arte urbano y la tecnología como una sólida industria cultural.
Es momento de que la sociedad dominicana, sus instituciones culturales y la opinión pública reconozcan estas ceremonias no como un mero trámite protocolar del calendario deportivo, sino como el acontecimiento artístico y cultural más trascendental del año 2026.
Santo Domingo no solo fue la capital del deporte del Caribe; fue, ante todo, el escenario donde la patria se pensó, se cantó y se celebró a sí misma con la dignidad y la grandeza que merece.
