Filtros, redes sociales e influencers están cambiando la relación de los jóvenes con su imagen y normalizando tratamientos estéticos a edades cada vez más tempranas.
Los retoques estéticos dejaron de ser vistos únicamente como una opción para corregir los signos del envejecimiento. Cada vez más jóvenes recurren a procedimientos como bótox, rellenos faciales, aumento de labios y tratamientos para redefinir el rostro, impulsados en parte por una nueva cultura digital que coloca la apariencia en el centro de la vida cotidiana.
Una de las tendencias que ha ganado espacio entre las generaciones más jóvenes es la llamada “prejuvenación”, basada en comenzar tratamientos estéticos antes de que aparezcan arrugas u otros cambios asociados con la edad. En algunos casos, el objetivo ya no es corregir, sino prevenir y conservar durante más tiempo una determinada apariencia.
Las redes sociales tienen un papel importante en este fenómeno. Plataformas como Instagram, TikTok y Snapchat exponen diariamente a millones de usuarios a rostros retocados digitalmente, pieles sin imperfecciones y facciones modificadas mediante filtros. Investigaciones recientes advierten que esta exposición puede contribuir a crear estándares de belleza difíciles de alcanzar en la vida real.
El problema aparece cuando la versión digital comienza a convertirse en la referencia con la que una persona compara su rostro real. Un estudio entre jóvenes de 18 a 25 años encontró que seguir a influencers sometidos a procedimientos cosméticos y utilizar filtros en Instagram estaba relacionado con una mayor aceptación e intención de realizarse tratamientos estéticos.
Incluso algunos cirujanos plásticos aseguran que cada vez reciben más pacientes que llegan a consulta mostrando fotografías modificadas y pidiendo resultados similares. Una investigación publicada en 2025 encontró que los filtros influyen con frecuencia en las expectativas de quienes buscan cirugía estética, lo que puede generar expectativas poco realistas sobre los resultados.
Este fenómeno ha dado lugar a expresiones como “dismorfia de Snapchat” o “dismorfia de redes sociales”, utilizadas para describir situaciones en las que una persona desea parecerse a una versión digitalmente alterada de sí misma. Aunque estos términos no sustituyen un diagnóstico médico, especialistas advierten que pueden estar relacionados con problemas de imagen corporal y, en algunos pacientes, con síntomas compatibles con trastorno dismórfico corporal.
La normalización también ha cambiado la forma en que se habla de estos procedimientos. Lo que anteriormente podía mantenerse en secreto hoy se comparte abiertamente en videos, historias y publicaciones, con contenidos que muestran desde la consulta hasta el resultado final. Esta exposición puede hacer que intervenciones médicas parezcan tan cotidianas como un tratamiento de belleza convencional.
Los especialistas insisten, sin embargo, en que ningún procedimiento estético está completamente libre de riesgos y que la decisión debería partir de expectativas realistas, una evaluación profesional adecuada y no únicamente de una tendencia en redes sociales. El reto para esta nueva generación será diferenciar entre el deseo personal de modificar su apariencia y la presión constante por alcanzar un rostro diseñado para la pantalla.
