Expertos y usuarios se preguntan si la tecnología fue más una estrategia de marketing que una revolución tecnológica real
Durante años, el 5G fue anunciado como el avance que transformaría la forma en que vivimos, trabajamos y nos conectamos. Desde operaciones quirúrgicas a distancia hasta ciudades inteligentes y autos autónomos, la quinta generación de redes móviles prometía cambiarlo todo. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, la duda crece: ¿nos vendieron una ilusión?
Cuando se lanzó oficialmente, el 5G fue presentado como un salto tecnológico sin precedentes. No solo ofrecía una conexión más rápida para los teléfonos móviles, sino que supuestamente abriría la puerta a nuevas industrias y servicios futuristas. Pero muchas de esas promesas hoy parecen exageradas o simplemente inalcanzables.
El ejemplo de las cirugías remotas es ilustrativo. Aunque suena como un avance impresionante, en la práctica se requieren muchos más elementos que una red veloz: infraestructura médica, equipos especializados y condiciones estables. En este contexto, las conexiones por cable siguen siendo mucho más fiables que las móviles.
Lo mismo sucede con los vehículos autónomos. El argumento era que el 5G haría más seguros a estos coches sin conductor. Pero si dependen de una señal que puede fallar, ¿cómo garantizar su funcionamiento? En realidad, estos vehículos deben operar de forma independiente, sin depender de una red externa.
Las empresas de telecomunicaciones aprovecharon el boom del 5G para vincularlo a una serie de innovaciones que, en muchos casos, no dependen de la conectividad, sino de avances en otros sectores. Esta desconexión entre promesa y realidad ha generado frustración. En Estados Unidos, por ejemplo, se instalaron más de 100,000 antenas desde 2018, pero los usuarios apenas se conectan a redes 5G el 10% del tiempo.
Además, el ícono de “5G” en los celulares no siempre significa que el dispositivo esté navegando realmente en esa red. Muchas veces aparece solo por proximidad a una antena, sin que se esté usando la tecnología.
A nivel técnico, el 5G sí ofrece velocidades más altas gracias a frecuencias elevadas. No obstante, esas frecuencias tienen un alcance muy limitado, lo que obliga a instalar numerosas antenas en distancias cortas. Esto es poco viable en zonas rurales y ha contribuido, irónicamente, a agrandar la brecha digital en lugar de reducirla.
Otro aspecto controversial ha sido el temor por la salud. Aunque no hay pruebas científicas que demuestren que el 5G sea más perjudicial que el 4G, la desinformación y el miedo alimentaron la venta de productos supuestamente protectores que, en realidad, bloquean la señal y anulan la funcionalidad del celular.
Detrás de todo esto, hay un negocio multimillonario. Las compañías invirtieron grandes sumas en infraestructura y licencias de uso, y necesitaban recuperar esa inversión lo antes posible. Así nació la narrativa del 5G como una revolución urgente, impulsada más por intereses políticos y comerciales que por necesidades reales. Un caso emblemático fue el de Japón, que buscó exhibir el 5G en los Juegos Olímpicos de 2020, presionando a otros países a sumarse a una carrera aún inconclusa.
Hoy, varios especialistas coinciden en que el 5G puede tener un futuro útil si se desarrolla con la infraestructura adecuada y se encuentra un uso real en el entorno industrial. Sin embargo, también hay advertencias de que se corre el riesgo de repetir errores con el futuro 6G, si no se actúa con mayor honestidad y realismo.
Por ahora, la supuesta revolución del 5G sigue siendo más promesa que transformación. Tal vez el verdadero cambio no venga con una nueva generación de redes, sino con decisiones más responsables y centradas en lo que la gente realmente necesita.
